EL PELOTÓN DE LOS TORPES

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Bruselas ha recomendado sacar a Grecia del procedimiento por déficit excesivo, el pelotón de los torpes de las reglas fiscales europeas, en el que solo quedan España, Francia y Reino Unido. Al mismo tiempo, el Eurogrupo dio luz verde a un desembolso de casi 8.000 millones de euros correspondiente al tercer programa de rescate. “Es un momento simbólico para Grecia, tras tantos años de sacrificios”, aseguró Pierre Moscovici, el Comisario Europeo de Asuntos Económicos y Financieros.

Al parecer la pos verdad irrumpe por todas las grietas que estén al alcance de la estupidez, y los disparates económicos no podían quedar exentos se semejante invitación. La economía griega y su recuperación ya son un clásico de la decepción, el fracaso y la insensatez, pero pretender brindarle cierto ribete victorioso o expectativas favorables escala algunos peldaños por encima de la pos verdad e ingresa al reino de la comedia.

La obstinación europea, y la alemana en particular, por respaldar las aberraciones económicas efectuadas en Grecia queda sintetizada en la frase “lo peor ya ha pasado”, al parecer una expresión de moda en todos las economías ajustadas del orbe. Idear e imponer políticas de austeridad a economías son un clásico de la troika y el FMI, pero la perspectiva de homenajear los falsos beneficios de tales logros solo pueden ir dirigidos a sus oídos.

Siete años han pasado desde el crash griego que ha llevado al país a un rescate descomunal y a medidas de austeridades restrictivas y empobrecedoras; una crisis que no solo sigue sin resolverse sino que da la sensación de empeorar a pesar de la relativa benevolencia de algunos indicadores. Este sentimiento ambivalente deriva de la trasmisión de un enfoque estadístico que brinda la dualidad de guarismos optimistas y la sensación popular de seguir en el infierno, muy parecidos a las explicadas redenciones económicas de Brasil y Argentina.

Es imposible evitar la adversidad al escribir sobre Grecia, aun y cuando algunos entiendan que lo peor ha pasado y que el país helénico se encamine a una recuperación fulgurante, tanto que pueda ser eximido de los déficit excesivos, aunque su población permanezca en ellos.

Grecia, sí, ella, la del desempleo por encima del 25%, la de la deuda que roza el 200% de su PBI, la de una banca mantenida con respirador artificial, la que entrega su patrimonio en una carrera suicida para poder cumplir con las expectativas foráneas, ha terminado el año anterior con un superávit primario (antes de intereses de deuda) de un 0.7% del PBI. ¿Deberíamos suponer que esto es un logro?

Alexis Tsipras llevaba un tiempo desinflando el que era su mantra favorito, “Grecia ha cumplido con sus compromisos, es hora de abordar la cuestión de la deuda”, pero la inmediatez para el ajuste y la implementación de los planes de austeridad no se condicen con los tiempos de la restructuración de la deuda, que hasta el FMI reconoce que es impagable. Pero no se dialogará de esta restructuración hasta después de las elecciones en Alemania, y ahora con los nazis como tercera fuerza.

El partido gobernante necesita más de estos placebos mediáticos como salir de la lista de los países con déficit excesivos, porque de los 300 escaños del parlamento tiene 135, lo que le da una minúscula mayoría. Desde el 2010 las pensiones han sufrido 12 diferentes ajustes. La sensación de tener los deberes hechos no basta, la izquierda supuestamente radical de Syriza ha bajado al 16% en las encuestas, muy por debajo de los conservadores de Nueva Democracia (29%). Los expertos especulan con la posibilidad de nuevas elecciones en los próximos 12 meses.

Y ahí vamos de nuevo, entre lo que dice Bruselas y la realidad griega. El país crecerá más del 2% este año. Que ha vuelto la confianza, que se revitaliza el consumo, que el empleo mejora, que esta va a ser una gran temporada turística, y que se han superado todas las expectativas desde el punto de vista fiscal.

Pero las estadísticas cuentan otra historia: la economía griega entró de nuevo en recesión al cierre del tercer trimestre, por tercera vez en lo que va de crisis, según los datos de Eurostat. Una triple recesión con macro cifras dignas de una guerra: el desempleo roza el 25%, la deuda pública está cerca del 200% del PIB, la Gran Crisis se ha llevado más del 25% de la riqueza desde 2010 y los niveles de pobreza son alarmantes.

El PIB griego cayó el 0,1% en el primer trimestre del año. Y había bajado ya el 1,2% en el último cuarto de 2016: la literatura económica, a pesar de la murga que da el brazo ejecutivo de la UE, dictamina que dos trimestres consecutivos de retroceso del PIB equivalen a una recesión.

La paradoja es que la recaída llega en un momento relativamente dulce, más allá de los pronósticos. Atenas y las instituciones anteriormente conocidas como troika han llegado a un acuerdo político para desbloquear el tercer rescate y evitar que el país se quede sin gasolina en verano. El Ejecutivo está a punto de aprobar un paquete legislativo —con recortes fiscales y de pensiones—, y después debería llegar una reestructuración de deuda y la inclusión de los bonos griegos en las compras del BCE.

Diez años después, la melodía es la misma. Un nuevo ajuste nos permitirá salir del pozo, por eso esta absurda idea de tener menor desempleo, del 12% al 25% una década después de rondar el 30%, es bueno. Por eso el enésimo episodio de penuria energética en Grecia, que se inició en 2012 cuando, por el aumento del precio del gasoil para calefacción, se disparó el consumo de leña, y muchos griegos, incluso en las grandes ciudades, recurrieron para calentarse a fogatas de maderas diversas (muebles, marcos de puertas o ventanas) dentro de apartamentos o bloques de pisos, es bueno.

Con esta idea, hemos alcanzado el gran logro de pobres por doquier pero con un superávit fiscal.

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

Fuente: El TabanoEconomista